El hijo de la luna
Hace muchísimo tiempo, la Luna brillaba en el cielo, hermosa y solitaria, y miraba con tristeza a la Tierra, donde todos tenían familia, compañeros y alguien a quien amar. Ella no tenía a nadie, y su luz, aunque clara, siempre parecía un poco melancólica.
Un día, la Luna decidió bajar hasta el mundo de los hombres para pedir un deseo. Quería tener un hijo, un niño que fuera suyo, que la acompañara y llenara su soledad. Fue entonces cuando escuchó la voz de un sabio, que le dijo:
—Para tener un hijo, debes pedírselo a alguien que tenga vida y sangre. Pero hay una condición: tu hijo será único, diferente a todos, y su destino estará ligado a ti para siempre.
La Luna no dudó y pidió al cielo que le concediera un hijo. Y así sucedió: nació un niño hermoso, de piel muy blanca, cabellos como la luz de la luna y ojos brillantes como estrellas. Pero tenía algo especial: no era como los demás niños. Su piel era pálida y fría, y solo se sentía vivo y fuerte cuando la Luna salía en el cielo. Cuando ella se escondía, él se quedaba callado, débil y triste.
La Luna lo amaba con toda su alma. Cada noche bajaba su luz para acariciarlo, para darle calor y fuerza. Pero la gente del pueblo, al verlo tan diferente, tuvo miedo. Decían que era un ser extraño, que no pertenecía a la tierra, que venía de arriba y no era como ellos. Lo miraban con desconfianza, y el niño creció sintiéndose solo, aunque sabía que su madre, la Luna, siempre estaba ahí, cuidándolo desde lo alto.
Pasaron los años, y el niño se convirtió en un joven. Era amable, bueno y tenía un don especial: entendía el lenguaje de los animales y las plantas, y sabía curar con la luz de la noche. Pero seguía siendo distinto. Un día, enfermó gravemente, y ni los médicos ni los sabios pudieron ayudarlo. Entonces, la Luna bajó hasta él, lo envolvió con su luz plateada y le dijo:
—Hijo mío, tú no eres de aquí, ni eres de allá. Eres parte de mí, y yo soy parte de ti. No puedes vivir en la tierra, porque tu corazón late al ritmo de mi brillo. Ven conmigo, sube al cielo, y seremos juntos para siempre.
Y así, el joven se volvió ligero como un rayo, y subió con ella hasta el cielo. Desde entonces, cuando miras la Luna llena, puedes ver su forma suave, como una sombra o una figura que descansa en su regazo. Es el hijo de la Luna, que ahora vive con ella, acompañándola para que nunca más esté sola.
Dicen que cuando la Luna brilla con mucha fuerza, es porque él está feliz, jugando entre las estrellas junto a su madre. Y dicen también que las personas que nacen en noches de luna llena llevan un poquito de esa luz y de esa magia, porque son descendientes de ese niño que un día quiso tener una madre, y la Luna quiso tener un hijo.


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